Encuentro de amor con el actuar de Dios en Cap-de-la-Madeleine, Québec,

por su instrumento, la Hija del Sí a Jesús.

 

 

2007-08-18 – Parte 2


La Hija del Sí a Jesús en el Espíritu Santo : ¿Hay alguien que quiera ir a buscarme la foto, por favor, antes de comenzar? Lo que ustedes ven aquí, es una foto que fue tomada en mi casa.

El Señor me pidió de presentárselas, y lo hago por obediencia.

No siempre es evidente de dejar aparecer nuestros co-lores; ésta, quería guardarla para mí, pero Mamá María ha decidido de otra manera.

Es con la fe que podemos ver esto, pero les aseguro que no es toda la gente que puede ver, hay otros que ven, hay otros que no ven; a mí, ¿saben ustedes que me tomó diez años?

Bueno, es porque al comienzo, cuando hay una sola línea que se forma en un vidrio, no se puede ver; otra que se forma, al año siguiente otra que se forma: una que se deshace, se puede decir una fisura en un vidrio en buen quebequés.

Todo eso se formaba tranquilamente, tranquilamente; hace dos años yo pude ver que había un personaje que se había formado en mi vitrina.

¡Todas esas líneas que se habían formado! ¡Solamente en dos años!

Y, más aún, no es toda le gente que la ven: mi hijo no la ve, mi yerno no la ve, mis dos hijas la ven, luego no es toda la gente.

Pero yo sé que hay gracias que están ligadas a eso porque en el momento que yo lo dije, una persona cerca de mí sintió las rosas en tres ocasiones y, en una visión, yo vi: vi a personas que rezaban, que rezaban, y que eran peregrinos.

Entonces, guardemos eso en nuestro corazón y se lo dejamos al Espíritu Santo, es él quien nos hace ver lo que hay en esa vitrina.

Bueno, quieren tomar el canto “Más cerca de ti” y, si ustedes lo quieren, nos vaamos a levantar y cantemos todos juntos.


Canto : Más cera de ti, María.

♪♪♪ :     Más cerca de ti María y de tu Corazón,

            He aquí toda mi vida, toda mi dicha.

            Para ir a Jesús, pasaré por ti,

            Oh Reina de los elegidos, llámame.

María : Sí yo los llamo, sí quiero volverlos pequeños – siéntense hijos míos – para que estén atentos a las peticones de mi Hijo.

Cada uno de ustedes, hijos míos, han sido llamados a vivir este instante de amor; cada uno de ustedes, hijos míos, han estado atentos a su corazón.

Se necesitaron gracias para reunirlos, fue necesario que el Cielo venga a colmarlos para que puedan ser una Iglesia, una Iglesia que se da, una Iglesia como se espera en este tiempo: obediente.

Hijos de mi Voluntad, yo me entregué al Cielo para que todos ustedes sean como niños.

Mi voluntad, hijos míos, es mi Corazón, mi Corazón de Madre; el Corazón de la Madre de Dios es un Corazón que quiere reunir a todos los corazones, para que lleven consigo la marca del amor.

Hijos míos, hay la guerra, una guerra feroz: es el mal que quiere destruir al bien; no podemos destruir el bien si no lo consentimos.

Les pido, hijos míos, de entregarse, de entregarse todos por sus hermanos y por sus hermanas.

Sean humildes, no guarden consigo lo que pudiera constituir una barrera a las gracias del Cielo.

¿Cómo reconocer, mis hijitos, lo que pudiera impedir a las gracias del Cielo de alimentarlos? Descubriendo el orgullo en sus vidas, descubriendo que prefieren este mundo en vez de vivir en la pobreza, de vivir en la sencillez.

Es necesario reconocerse verdaderos ante la Voluntad de Dios.

Querer ser niños que andan en la luz, es reconocerse que son obedientes a la petición del Cielo.

Es cierto, hijos míos, que el Cielo les pide de renunciar a todo lo que podría conservar en su corazón el orgullo; no debe de hacerse con su voluntad; pídanme las gracias, pídanme lo que les es necesario para renunciar a lo que es el orgullo en sus hogares.

Han querido enseñarles, hijos míos, que lo material era para ustedes una comodidad necesaria en sus vidas; eso es falso, eso lo que hace es alejarlos de la humildad.

Cuando nos alejamos de la humildad, Satanás los puede alcanzar, es allí que los hace conocer lo que no es bueno para sus almas.

Tengan cuidado, mis hijitos, pídanle a su Madre las gracias para renunciar; se los suplico, hijos míos, no hagan eso sin mis gracias.

Ustedes saben que todo lo que es de la idolatría engendra el mal, y el mal hijos míos, destruye el amor: han querido destruir el amor en sus corazones.

Cuando el amor ya no está en sus corazones, es imposible para ustedes de entregarse, de entregarse por los que ustedes aman: buscan agradarse, buscan a consolarse, buscan a ser una víctima de los otros.

Mis pequeños, cuando ya no hay en sus corazones el amor que se entrega, no queda más que la amargura y esto destruye sus vidas, destruye sus corazones.

Un corazón de amor es un corazón que sabe aprender de Dios, pero un corazón que ya no tiene amor se cierra a las peticiones de Dios, se endurece, se vuelve duro como una piedra.

He aquí por qué Satanás ha querido que conozcan el orgullo para mantenerlos en la sed, la sed de este mundo, la sed de conocer, la sed de satisfacerse.

Mis hijitos, tengan cuidado, ¡es tan cerca el razonamiento de la renuncia!

Se dan cuenta, alguien que razona, es alguien que quiere conocer lo que es bueno para él, y cuando se hacen estas preguntas, no tenemos confianza en Dios.

Es Dios quien sabe lo que es bueno para ustedes: los diez mandamientos de Dios les enseñan a vivir en el amor; los diez mandamientos de Dios les hacen cono­cer el amor de Dios, el amor del prójimo; los diez mandamientos de Dios es el abandono, es renunciar a vivir de su voluntad humana para entregarse en las manos de la Divina Voluntad.

Estar totalmente abandonado, estar en la renuncia, es tan bueno, hijos míos; eso ha sido mi vida, mi vida de hija, mi vida de mujer, mi vida de Madre.

Hijos míos, levántense y continúen a cantar.

♪♪♪ :     Quiero consolarte, secar tus lágrimas,

            Contigo reparar por los pecadores.

            Corazón purísimo de mi Madre, te amo,¡oh, guárdame

            Hasta la última hora muy cerca de ti!

María :
sí, yo también quiero estar muy cerca de us- tedes, hijos míos; quiero hacerles conocer lo que sería en sus vidas un movimiento de donación.

 

Conocer la Voluntad del Hijo de Dios, es conocer el don de sí mismo para Dios, para el prójimo.

¿Cómo quieren entregarse ustedes, hijos míos, si no aprenden a conocerse?

Mi Hijo les da las enseñanzas por el poder del Espíritu Santo, para su tiempo, para su mundo moderno.

Él les enseña a amarse, a reconocerse amados de Dios; él les enseña a volverse hijos de la luz para ustedes mismos y para los otros, porque ser luz es ser resplandeciente de alegría, de amor, de abandono, de ternura, de humildad; ser todo eso, es estar ante Dios: luz.

La luz, hijos míos, es andar, es andar en las vías de Dios, es reconocer que Dios ha precedido sus vidas para hacérselas conocer.

Ser luz, es conmoverse por su pasado diciéndose: “Jesús ha tomado todo, yo no tengo que inquietarme; su Sangre ha purificado mi vida, y sé que esto se ha cumplido; yo sé que mi vida es conocida de Dios y que aún antes que yo estuviera en el seno de mi madre en la tierra, mi vida ya estaba realizada.”

Se dan cuenta, hijos míos, ¡es tan bueno vivir esto en sus vidas! Jesús se los enseña, él les muestra a ser buenos con los otros una vez que se sienten amados de Dios, amados por ustedes mismos.

Cuando ustedes avanzan en esta tierra llena de trampas, ustedes tienen confianza en Dios, ustedes se sienten rodeados de la presencia misma del Cielo.

Alrededor de ustedes están los ángeles, alrededor de ustedes están los santos del Cielo, alrededor de us- tedes, hijos míos, las oraciones los acompañan: las oraciones de las almas del purgatorio; ustedes no están solos, porque ahora ya lo saben.

Mi Hijo vino a hablarles en los corazones, ustedes dejaron sus corazones abiertos, han penetrado en su interior a través de las gracias y han escuchado, porque el Espíritu Santo los ha hecho escuchar.

Todo esto es movimiento de la Divina Voluntad para ustedes, para este tiempo; este tiempo es importante, los hace avanzar para lo que viene.

Ustedes ven a su alrededor estas señales, hijos míos; muchas señales se les han dicho, y ustedes las viven ahora; ustedes ven y comprenden por qué es el Cielo que los ha alimentado, para que sean rectos en la verdad; solamente los hijos de la verdad pueden ver, pueden comprender, pueden aceptar.

Si, ustedes hijos míos, han aceptado, es porque han sabido comportarse como hijos humildes, sin orgullo, sin buscar con su voluntad humana a juzgar lo que han oído, lo que han visto, mejor dicho abandonados entre las manos de la Divina Voluntad: ustedes han sido hijos humildes.

Los pasos que ustedes han hecho, hijos míos, los van a llevar a conocer otros pasos más para este tiempo.

Les pido, hijos míos, de rezar siempre con su corazón por los pecadores, por los pobres pecadores que no quieren venir a mí, que no quieren rezar el rosario, las oraciones dadas por el Cielo; no quieren tampoco meditar la vida de la Madre de Dios y del Hijo de Dios en la tierra.

Hijitos, cuídense de juzgar este mundo, cuídense de juzgar a estos pobres pecadores; es gracia para ustedes el avanzar en la obediencia con su ser frágil.

No busquen a conocer lo que viene mañana, dejen al Cielo que los instruya; los mensajes, hijos míos, deben ser leídos con su corazón, como ustedes rezan, y dejen a la Omnipotencia, el cuidado de hacerlos comprender lo que deben de comprender.

Los mensajes, hijos míos, son medios para ustedes de mantenerse en la oración, medios de mantenerse en la fe, medios de mantenerse en la luz de Dios, no para hacerles conocer lo que viene con el objeto de instruirlos, ustedes no deben dejarse instruir por estos mensajes que hablan de las inundaciones, de las epidemias: dejen eso a un lado, pero tomen estos mensajes para mantenerse en la oración, en la fe.

Si ustedes son hijos de la Luz, es porque han aceptado ser instrumentos de amor; ustedes están llamados a ayudar a su prójimo, que no quiere creer, y está en peligro, está en el peligro de caer en las trampas de Satanás cada vez más profundas.

Yo los amo, hijos míos; quiero que sean humildes ante lo que viene, y cuando se mantienen humildes, conservan la paz.

¿No les he dicho que todos los que se mantendrán en la paz serán protegidos contra lo que viene? Vean, hijos míos, cómo hay tormentos en la vida de aquellos que no están en paz: se inquietan del pasado, se inquietan del presente y se inquietan del futuro; no se dan cuenta que su falta de paz mina su salud y se enferman, caen en la trampa de Satanás.

Sí, hay muchas pruebas en estos tiempos, pero es ne- cesario, hijos míos, que sean obedientes a Dios por lo que han aceptado de ser: los hijos de amor, abandona­dos entre las manos de Dios. Ahora, continuemos, hijos míos, a cantar:

♪♪♪ :     Parecerme a ti mi Madre, sí lo quiero.

            Escucha mi oración, colma mis votos.

            En un humilde silencio para agradar al Divino Rey,

            Yo llegaré, pienso, más cerca de ti.

María : Ser o no ser; pequeños hijos de amor, si

ustedes ya han oído estas palabras, es porque ya se las dijeron.

Yo, la Madre de Dios les digo ser, estar en mi Hijo, estar presentes, ser hijos cerca de sus hermanos y de sus hermanas, ser hijos que ya no quieren vivir sino más que para Dios, ya no queriendo respirar más que para Dios, ya no queriendo mantenerse más que en la gracia.

Es eso, hijos míos, morir en Cristo: no vivir de este mundo, con este mundo, por este mundo, pero ser por Dios, ser el esplendor del amor de Dios para todos aquellos que ven ustedes.

Se dan cuenta, hijos míos, los que los reconocen estar amorosos de mi Hijo los encuentran bellos, verda- deros, sinceros, porque tienen en ellos la esperanza, la esperanza de un mundo nuevo, la esperanza de un mundo de amor, la esperanza de un mundo en que todo será verdad, en donde ya no se engañará, en donde no habrá más mentiras, en que todo será igual; ya no habrá más pobres, ya no habrá más ricos; no habrá más lágrimas, no habrá más locuras, ya no habrá más que amor, un amor verdadero, un amor que se entrega.

Hijos míos, el Cielo los prepara a vivir eso, el Cielo hace de ustedes hijos que quieren ser, que quieren morir en Cristo.

Todo lo que reciben en este momento es querido del Cielo.

Guarden su corazón de niño, no envejezcan, hijos míos; por las gracias del Cielo, el Cielo los mantiene humildes; por las gracias del Cielo, reconocen estar en el movimiento del amor de Dios para ustedes.

Es bueno, hijos míos, de ser humildes, atentos a la Pa- labra de Dios.

Muchas veces es difícil para ustedes, ahora que ven, ahora que comprenden, por el poder del Espíritu Santo, de mantenerse en paz.

Cuando escuchan las palabras contra Dios, contra mí, la Madre de Dios, cuando ustedes ven la maldad en este mundo y que eso hiere la vida de ustedes, es nece­sario entregar todo a la Madre de Dios.

¿Creen ustedes, hijos míos, que yo no veía, que no comprendía lo que pasaba cuando vivía en la tierra? Se conspiraba contra mi Hijo, querían matarlo y yo asistí a todo eso, yo guardaba la paz.

El Cielo no me era desconocido porque veía y escu- chaba, estaba unida al Corazón de mi Hijo; por todas partes en que mi Hijo iba, lo sabía.

Hijos míos, yo recé al Cielo por cada uno de ustedes, yo recé para que los hombres sean verdaderos.

Recen, hijos míos, recen a su turno para que sean oración por sus hermanos y sus hermanas para que ellos sean verdaderos.

Cuando permanecen en la paz, ustedes rezan, y los que les hacen sufrir reciben gracias; se les pide esto.

Es necesario de continuar, hijos míos, en la paz a rogar por este mundo.

El Cielo no quiere decirles que un tal no será salvado porque lleva un no en él: no, el Cielo no hará eso, porque la Madre de Dios tampoco vio a los hombres para ponerlos a un lado porque llevaban un no a mi Hijo, yo continué a rezar como si ellos llevaban un sí en ellos; ustedes deben de hacer lo mismo, ustedes deben guardar su sonrisa.

Hijitos, el Cielo les pide de no buscar a convertir a aquellos que se les resisten, eso los perjudica.

Es en los corazones, hijos míos, que mi Hijo actúa, no es en el exterior, todo pasa en el interior de ustedes.

Vean lo que viven en este mismo momento: por el poder del Espíritu Santo, el corazón de ustedes está unido a todos los corazones presentes para formar un corazón, y el corazón de ustedes se deja alimentar de las gracias y todos los corazones al exterior de aquí reciben estas gracias, ¿ven el poder del Espíritu Santo?

Mi Hijo salvó al mundo: todo se ha cumplido.

Todo lo que pasa en este mismo momento está ya rea- lizado, es necesario que ustedes lo vivan; es por eso que él les ha pedido de mantenerse atentos a su corazón que responde al llamado de la Madre de Dios.

Cuando hay un movimiento que pasa en el interior de ustedes, ustedes deben de escuchar; por pequeño que él sea, por simple que sea, hagan lo que deben de hacer, porque es el llamado del Cielo.

El Cielo no les pide de complicar sus vidas; mi Hijo es manso y humilde de Corazón: ustedes deben de vivir esto en sus vidas.

Ustedes deben de tener un corazón de ternura, ustedes deben de tener un corazón lleno de amor para ustedes mismos y para su prójimo como un niño pequeño; nada de orgullo en el niño que escucha a su padre y a su madre, él es obediente, es todo.

He aquí lo que el Cielo les pide: ustedes deben de ser obedientes, es lo que se les ha pedido.

El tiempo avanza, hijos míos, es necesario escuchar; hay acontecimientos que vendrán.

No se vuelvan locos por lo que viene, guarden su paz.

En el interior de ustedes está el refugio; el refugio, hijos míos, es mi Hijo, él está en ustedes.

Cuando ustedes penetran en su interior, penetran en el refugio mismo del Amor; ¡hay tanta fuerza en el inte­rior de ustedes, hay tanto poder!

Permanezcan humildes y van a comprender; más permanecen en la paz, hijos míos, más van a escuchar lo que el Cielo espera de ustedes por lo que viene, ¡no se vuelvan locos!

Cuando, de día en día, habrán cada vez más aconte- cimientos que deben de realizarse, más van a escuchar la Voluntad de Dios por el poder del Espíritu Santo.

Es necesario que eso se haga en la paz; si ustedes no tienen la paz, hijos míos, no van a comprender lo que deben de hacer, a dónde deben de estar, por qué deben de hacerlo.

Mis pequeños, sean verdaderos, sean humildes.

Todavía hay mucho trabajo que hacer con sus voluntades, hay que pedir las gracias.

¡Si ustedes pudieran, hijos míos, ver su transformación! ¡Cómo es de bella!

El Corazón de la Madre de Dios los une, él los llama a escuchar siempre al Corazón del Hijo de Dios.

Hijitos míos, permanezcan unidos los unos con los otros para formar una cadena unida a la cruz; ustedes son el rosario del Amor.

¡Ah mis hijitos, cómo los amo!

¿Quieren de verdad, hijos míos, ser mis pequeñitos?

Todos : Sí.

María : Entonces, continuemos juntos a cantar :

♪♪♪ :     La vida de tus hijos es un llamado.

            Une nuestros corazones al tuyo, sí, lo queremos.

            Oh Madre tan buena, tan tierna, tú proteges a tus hijos

            Del terrible destino que quiere nuestras vidas.

María : No obstante las advertencias del Cielo, hay hijos que no escuchan; continúan a juzgar, continúan a buscar todo lo que es sensacionalismo, viven de lo material, son incapaces de renunciar a sus ídolos, practican lo que no quiere el Cielo.

Mis pequeños bebés de amor, Mamá quiere que estén unidos a estos hijos, ella quiere que ustedes los tomen en sus corazones y que les hablen: hablen del amor de mi Hijo, hablen del amor de la Madre de Dios Hijo, hablen de la Iglesia – pues bien, hijos míos, –hablen de ustedes mismos, hablen de los santos del Cielo.

Sí, hijitos, cuando ustedes hablan a su corazón, hablan a los corazones de ellos y comienzan a escuchar; en el interior de ellos hay movimientos que se efectúan y se preguntan por qué, por qué tienen ideas más calmadas, por qué tienen ideas como: “Pero ¿existe Dios? ¿Por qué la Iglesia aún resiste? ¿Por qué hay las iglesias aún están abiertas no obstante que están vacías?

Comprendan, estos hijos se hacen preguntas porque aún hay vida en ellos; su corazón aún vive, se mueven, quieren amor.

Entonces, consuelen, hijos míos, consuelen a esos pequeños corazones que buscan a conocer la verdad; esos corazones tienen hambre, esos corazones tienen sed, esos corazones tienen miedo, tienen miedo de Satanás, ellos no quieren el mal; no obstante que estos hijos van hacia las ciencias ocultas, no quieren a Satanás, no quieren vivir en el mal.

No se han dado cuenta, hijos míos, que han dejado una puerta a Satanás y a los que han seguido a ese ángel malo; han hecho de sus vidas una vida de sufrimiento, una vida de orgullo, una vida dominadora, una vida egoísta.

Se mata a mis pequeñitos en el seno mismo de la mamá, se interrumpe la vida porque ya no se puede vivir en este mundo, se planifica la familia porque ya no se quieren traer hijos al mundo diciendo que este mundo va a desaparecer, que este mundo se va a destruir por sí mismo, se tiene miedo al recalenta-miento del planeta.

¡Ah mis hijitos!, el miedo conduce a la destrucción, el miedo conduce directamente al infierno allí en donde está Satanás, allí en donde están los demonios que quieren destruir la vida para que la muerte sea el alimento.

¡Ah, hijos míos!, si pudieran ver a todos los que se pierden, qué doloroso sería para ustedes, tan doloroso, hijos míos, que no podrían continuar a vivir en su cuerpo herido a causa del pecado, no tendrían la fuerza.

Hijitos, una vez más Mamá les pide de tomar estos corazoncitos heridos, dañados, dejados a ellos mismos, y arrullarlos, arrullar estos corazones, hijos míos, ellos tienen necesidad de ustedes, únanlos a su corazón, a su corazón que canta, a su corazón que reza, a su corazón que tiene confianza en el Corazón de María.

Yo soy su Mamá, yo soy su Madre, quiero a todos mis hijos; los he llevado al momento en que llevaba a mi Hijo.

¡Ustedes son tan lindos, hijos míos!

Quiero darles las gracias de bondad, de belleza; sí, quiero darles las gracias de bondad y de belleza, para que puedan estar resplandecientes cuando estén ante estos hijos; ellos aprenderán, aprenderán a tener con- fianza en lo que ustedes representan: los hijos de Dios, los hijos que han escogido continuar a creer en la Iglesia, de creer en el Papa Benito XVI, de creer en los obispos, de creer en los sacerdotes, de creer en los reli­giosos, de creer en los que rezan.

Hijitos, ustedes están todos reunidos, ustedes forman la gran reunión; quiero que esta reunión crezca más y más, quiero que se vuelva la reunión más grande de los hijos que cantan para Dios.

Pero, mientras tanto, ¿quieren cantar con Mamá?

Todos : Sí.

♪♪♪ :     Te tenemos confianza, Oh Madre tan pura.

            Tu sí, Dios lo alimentó, él nos lo ha dado.

            He aquí nuestro fervor, pronunciamos el sí,

            Oh Reina de los corazones, cómo te amamos.
 

María : Oh corazones tan tiernos y buenos, yo los he unido

             En la oración del corazón, la que está en ustedes.

             Vean, hijitos, cómo es de grande Dios

             El que se entregó, el que está en ustedes.

             ♪♪♪…

Vayan, hijos míos, vayan por ese camino, un camino trazado para ustedes, un camino hecho de amor, un camino hecho con la presencia misma de mi Hijo.

Mi Hijo los conduce allá en donde ustedes deben de ir entre los hijos de este mundo, entre los hijos que tienen hambre de la verdad, entre los hijos que lloran, entre los hijos que sufren, entre los hijos que están enfermos.

Sí, hay tanto qué hacer, hijos míos, en su mundo, pero la Divina Voluntad los envuelve, la Divina Voluntad los conduce en el camino que deben de avanzar en la paz, en el amor.

Cuando ustedes avanzan y ven a alguien que llora, us- tedes lo toman, lo conducen al Corazón mismo de la Madre de Dios, y la Madre de Dios lo observa atentamente y lo consuela sin que él sepa de donde viene eso: esta consolación; en su vida él siente una presencia, una verdadera presencia; de una mirada busca a una persona que sonríe, una persona que crea en él: es el Cielo que ha respondido a sus oraciones.

Hijitos, ustedes rezan; el Cielo oye sus oraciones y las concede.

Lo que ustedes no ven en sus vidas, hijos míos, está en sus vidas; lo invisible forma parte de lo visible, hijos míos: todo está en la realización.

Una oración de ustedes es un arrebato de amor que parte de ustedes para alcanzar el Cielo; el Cielo envía este movimiento de amor lleno de gracias hacia el hijo que tiene necesidad, hacia el hijo que suplica, hacia el hijo que espera, hacia el hijo que tiene necesidad.

Comprendan hijitos, todo lo que pasa en sus vidas está vivo, todo lo que hay alrededor de ustedes es verda-dero; este mundo es verdadero, ustedes son verda- deros, la Iglesia es verdadera, la Iglesia de mi Hijo está viva, está activa.

Este tiempo es un tiempo de amor, este tiempo es continuación del tiempo pasado: todo está en la obra de Dios, es la Divina Voluntad, hijos míos.

¡Ah hijos de amor, crean en lo que ustedes son: us-tedes viven en un cuerpo y este cuerpo les ha sido dado por el Cielo.

El pensamiento de ustedes forma parte de su cuerpo, sus miradas, sus escuchas, sus palabras, sus gestos, sus sentimientos forman parte de sus cuerpos, si esto es verdad para ustedes, es porque creen e mi Hijo, us-tedes creen en el Hijo de Dios hecho Hombre; él tomó cuerpo, él vino en mi seno para enseñarles cómo vivir en sus cuerpos.

Yo soy la Madre de Dios, soy la Madre de la Iglesia, soy su Madre.

Si el Cielo permite hoy que escuchen la Voluntad de Dios, es porque le deben esta gracia al Cielo, no a este mundo, no a ustedes mismos, sino a Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo.

El Hijo de Dios viene a cambiar los corazones, el Hijo de Dios llama a todos los corazones para que haya un corazón, el que bate en el corazón mismo de la Iglesia: el corazón de ustedes.

El corazón de ustedes forma un solo corazón, que pertenece a mi Hijo; el corazón de ustedes es el sí del Amor: “Sí yo me entrego; sí, creo que voy a vivir eternamente con todos mis hermanos y mis hermanas ante Dios Padre, porque él me dio a su Hijo Bienamado y que el Espíritu Santo me ha acompañado toda mi vida para mantenerme en la fe.”

Mis hijitos de amor, muy pronto van a reunirse para rezar, para celebrar, para estar presentes en la Vida de mi Hijo en la tierra.

Hijitos, sean todo amor para ustedes y cántenme un ‘Ave María’.

♪♪♪ :     Dios te salve María llena de gracia,

            El Señor es contigo,

            Bendita eres entre todas las mujeres,

            Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

            Santa María, Madre de Dios,

            Ruega por nosotros pobres pecadores,

            Ahora y en la hora de nuestra muerte.

            Amén.