Encuentro de amor con el actuar de Dios en Sudbury, Ontario,

por su instrumento, la Hija del Sí a Jesús.

 

2007-06-16 – A.M.

 

La Hija del Sí a Jesús en el Espíritu Santo: Es por la gracia que podemos abandonarnos entre las manos de Dios, es por la gracia que el Espíritu Santo nos ofrece al Padre, es por la gracia que podemos oír las palabras de Dios en nuestro corazón.

Todo lo que somos, lo somos porque Dios lo quiere.

Dios ha hecho en cada uno de nosotros movimientos de amor para su Iglesia.

Queremos realizarnos en él estando seguros de ser hijos de Dios, para estar seguros que somos hijos de Dios, no hay sino Dios que nos lo puede confirmar: “Espíritu de Dios, Espíritu de Verdad, introduce en cada uno de nosotros tu luz, acompáñanos en estos momentos en que debemos de abandonarnos en tus manos; allí estaremos seguros de realizarnos como tú lo quieres”. Los momentos que nos han acordado son momentos de amor; los momentos que nos han acordado deben servirnos para poder vivir lo que debemos vivir en este mismo momento.

Cada instante que vivimos, este mismo instante, es muy importante para la Iglesia, muy importante para todos nuestros hermanos y hermanas del mundo entero.

Es en el presente que Dios nos concede las gracias y es en el presente que lo hace por todos nuestros hermanos y hermanas del mundo entero.

Dios no descuida jamás a uno tan solo de sus hijos.

Lo que vivimos nos prepara a la Gran Purificación; lo que vivimos nos hace ver lo que somos en el presente.

Dios nos pone ante nuestro pasado y nos hace vivir al presente lo que hemos aceptado en el pasado, para que podamos curar nuestras heridas, para que podamos ser liberados de nuestras cadenas, para que podamos ofrecer a Dios todo lo que ha sido impuro en nuestras vidas, y hay mucho.

Un pensamiento, lo hemos oído ayer por el poder del Espíritu Santo, que no está en Jesús, es un pensamiento impuro.

Hemos caminado con lo que somos en nuestro presente.

¿Cuántas veces nos hemos dejado herir por los otros? ¿Cuántas veces hemos aceptado los pensamientos de los otros, creyendo que eso era bueno para nosotros? Esto nos ha hecho pensar a la vez que éramos capaces de caminar en nuestra vida.

Pero eso es falso, cada vez que hemos aceptado un pensamiento que no era amor, que no estaba en Jesús, dejamos nuestro cuerpo a la merced de Satanás, dejamos nuestro cuerpo exspuesto a los ataques; él se servía de los otros para atacarnos, ponernos en tentación. Ni siquiera un instante, hemos estado solos con nosotros mismos con esos pensamientos: Dios estaba allí, Dios nos cuidaba, porque sin Jesús ni siquiera estaríamos aquí, ni quisiéramos escuchar hablar del poder de Dios que nos habla en nuestro corazón, sería intolerable: tomaríamos la puerta, lo rechazaríamos, no creyéramos, nos daría cólera, continuarían a hacernos sufrir.

Dios nos ha dado las gracias, nos ha dado las gracias de su Presencia para que podamos vivir en la tierra, para que podamos estar ante su Presencia, porque un instante que estemos presentes ante Jesús es un instante que nos alimenta, aún si hemos estado con pensamientos impuros porque hay pensamientos impuros cuando esos pensamientos no están en Jesús; si no estamos con Jesús, estamos con Satanás, estamos ante su presencia.

No pueden haber dos Dios, hay un sólo Dios; o sea que nuestro pensamiento está en Jesús o sea que no lo está, y si no lo está, él está en este mundo, y este mundo está bajo la dominación de Satanás.

Pero Jesús, Jesús siempre está allí, él está ante nuestra presencia por el sacerdote.

Cuando Jesús vino a instituir la Eucaristía, vino a dejarnos su presencia en Cuerpo y en Sangre, y cuando un sacerdote dice su misa, cuando consagra el pan y el vino para que sean el Cuerpo y la Sangre de Jesús, es la santa Eucaristía, por tanto el Cristo Sacerdote está con nosotros, por nosotros, y Jesús se entrega.

El sacerdote es el Cristo y nosotros, nosotros estamos pre­sentes, estamos ante la presencia del Hijo-Dios.

Comprendan que nosotros estamos en nuestros hermanos y hermanas que asisten a la misa, pero también estamos en el sacerdote, porque él es hijo de Dios; él es humano, él es nuestro hermano, entonces nosotros estamos en él, nosotros estamos ante su presencia: asistimos a la santa Eucaristía.

Puesto que Mamá está cerca de él, ella está presente Mamá María y ella nos hace participar a la misa porque nosotros estamos en María: estamos en el presente.

Que sea al momento en que Jesús instituyó el sacramento de la Eucaristía o que sea esta mañana, no hay diferencia, porque Jesús es el Principio y el Fin, él es el Presente; entonces, todos los sacerdotes estaban presentes al momento en que Jesús instituyó el sacramento de la Eucaristía y cuando un sacerdote, ahora, en nuestro tiempo, consagra el pan y el vino, pues bien, es Jesús quien lo hace, no es él, todo se hace por el poder del Espíritu Santo: nosotros estamos presentes.

Entonces, este presente es para nosotros un soplo de vida, para nosotros es la gracia que tenemos necesidad para vivir con nuestros pensamientos impuros; sin la presencia misma de Jesús, no podríamos vivir, porque Satanás quiere nuestra muerte, quiere nuestra alma.

Para alcanzar nuestra alma, envenena nuestros pensamientos; para alcanzar nuestra alma, envenena nuestra audición, nuestra mirada, nuestras palabras, nuestras acciones, nuestros sentimientos: este mundo de hoy es un mundo perdido sin Jesús, él ya no puede vivir.

Jesús dijo: estamos en un no regreso, ya no podemos salvarnos; ¿qué es lo que Jesús quiere decir con eso? Es que nuestros pensamientos han estado tan envenenados por este mundo que ya no son recuperables, pero no lo son a no ser que Jesús los tome, que si Jesús los purifica con su fuego de amor y para eso, es necesario entregárselos, es necesario darle a Jesús nuestros pensamientos impuros, es necesario que eso sea hecho para ayudar a los que están con nosotros, en nosotros.

No tenemos más que pensar en nuestro esposo, en nuestra esposa, en nuestros hijos, en nuestros nietos, no tenemos más que pensar en nuestra madre, en nuestro padre, en nuestros hermanos y en nuestras hermanas, en toda nuestra parroquia, nuestra diócesis, nuestro país, nuestro mundo: solamente tenemos que pensar en todo eso, y sabemos que estamos perdidos sin Jesús, porque este mundo ya no piensa que nuestro pensamiento no debe estar más que en Jesús.

¿Quién nos ha dicho que debiéramos pensar en Jesús?

Jesús él mismo.

Jesús vino a la tierra y él nos dijo: “Vivan en mí, quien cree en mí tiene la vida eterna.”

Pero como nos era difícil de saber lo que él quería decirnos porque nuestros pensamientos ya estaban contaminados y esto, desde la descendencia de Caín: nuestros pensamientos fueron contaminados.

¿Creen ustedes que no estábamos en ellos? ¿Creen que nosotros no estábamos en los hijos de Dios, quienes se dejaron contaminar por estos seres que estaban contra Dios? Nosotros estábamos en ellos, somos la Iglesia; ¿creen ustedes que ellos no son la Iglesia, que no eran la Iglesia, que no serán la Iglesia? Jesús es el Principio y el Fin, Jesús es Todo, Jesús es el Presente. Cuando Dios creó a sus hijos, Jesús llevaba la creación y todo hijo elegido de su Padre estaba en Jesús, en el Hijo de Dios, en el Hijo hecho Hombre.

Nosotros estábamos en Jesús y ellos estaban en Jesús, pero sus pensamientos eran pensamientos impuros a causa de todo lo que aceptaban que venía de los pensamientos de estos seres, de estos seres que habían rechazado seguir el llamado de Dios.

Ser fieles a Dios, es tener siempre las miradas hacia su Creador, caminar ante la Presencia de Dios, ellos rechazaron esto, cuando recibían de Dios las gracias.

Ellos recibían todo de Dios, el Creador, pues Dios les había enseñado cómo cultivar la tierra, con qué cultivarla; Dios les había dado las semillas necesarias para cultivar la tierra, Dios les había enseñado cómo rezar, alabar a Dios.

¿Creen ustedes que los primeros sabían cómo rezar a Dios, cómo alabar a Dios, cómo hablar a Dios? No. A causa del pecado de Adán y Eva, los hijos de Dios habían perdido todo.

Ellos estaban en su voluntad humana y Dios los instruía, porque Dios los amaba - él no les había quitado el soplo de la vida, él no les había quitado su amor - y Dios, a cada día, les enseñaba lo que debían de hacer para realizarse ante él, entonces Dios los alimentaba con sus gracias.

Él les mostraba cómo vivir en la tierra, una tierra que debía darles sus frutos: la cosecha de sus trabajos. Entonces, los hijos de Adán y Eva aprendían, aprendían con las gracias de Dios cómo cultivar la tierra, cómo cosechar y con la cosecha, qué hacer: Dios les enseñaba todo.

Cuando la tierra sacaba sus obras, los hijos tomaban estas obras con las gracias de Dios, y Dios les enseñaba cómo hacer: qué hacer con el trigo, qué hacer con todo lo que salía de la tierra, qué hacer con el maíz, qué hacer con la espelta. Todo esto fue dado por Dios, ellos tomaban cono­cimientos de todo.

 

Dios los instruía, Dios les enseñaba, Dios hacía salir de todo lo que vivía sus frutos y todo era alimento para ellos.

Sus pensamientos eran sólo para Dios, porque ellos aprendían todo de él; el más mínimo pensamiento era, para los hijos de Adán y Eva, las gracias: ellos aprendían; ellos aprendían a vestirse con lo que cosechaban; aprendían cómo ir hacia los animales para alimentarse.

Sus pensamientos eran pensamientos de amor porque tenían los pensamientos de Dios: eran hijos de Dios; alababan a Dios porque sus pensamientos eran de alegría, estaban en gracia: ellos alababan; ellos daban gracias a Dios, entonces sus miradas no eran sino miradas de amor para Dios: todo estaba de acuerdo con lo que eran. Su espíritu era un espíritu de amor: tenían el espíritu de Dios, no tenían el espíritu del mundo, porque este mundo aún no era impuro, porque el único pecado que tenían ellos era el pecado del conocimiento del bien y del mal: el pecado original, de la desobediencia.

Entonces, Dios se ocupaba de ellos mostrándoles siempre cómo ser obedientes a Dios porque tenían en su interior la elección: elegir entre lo que es el bien, y Dios les inspiraba de tener cuidado con no elegir lo que era malo, Dios amaba a sus hijos.

¿Creen ustedes que fueron dejados a ellos mismos? No, Dios se ocupaba de sus hijos; él los alimentaba, alimentaba sus espíritus con sus gracias, entonces ellos tenían un espíritu de amor: el espíritu de Dios.

El espíritu humano fue puesto a un lado porque ellos habían probado, habían probado a la desobediencia; porque ellos conocían el trabajo, conocían que era necesario aprender, conocían que era necesario abandonarse, que entraran en el pensamiento de Dios para poder estar con Dios, en Dios, por Dios, y Dios les enseñaba: para ellos todo se volvía gracia; en cada instante de sus vidas, se alimentaban con la gracia de Dios.

Pero cuando Caín vio a su hermano y cuando fue tentado por Satanás, tuvo en su interior un movimiento, un movimiento que parecía venir de él mismo.

¿Que fue este movimiento que venía de él? Un pensamiento, y este pensamiento no fue entregado a Dios inmediatamente. Él se quedó con ese pensamiento y un instante fue tan largo para que este pensamiento se volviera un pensamiento nutritivo: un alimento.

Un alimento vino a aparecer en él: un pensamiento vino, un pensamiento que no era de Dios y este pensamiento no fue dado a Dios.

Y el pensamiento acababa de nacer, y porque acababa de nacer, Caín tomó este pensamiento, y se alimentó de él; un segundo pensamiento vino, de nuevo otro pensamiento que vino: movimiento que se alimenta por sí mismo, pensamiento que se alimenta por el mismo.

Y entonces, él conoció el sufrimiento en su propio cuerpo porque el pensamiento forma parte del cuerpo - un pensamiento que no es de Dios es un pensamiento que hace sufrir al cuerpo -, entonces Caín conocía el cuerpo que sufría, y él dejó que eso tomara importancia.

Él pudo ir hacia Dios, pudo haberle pedido a Dios: “Cúrame, líbrame, ¿qué es lo que tengo? Por qué está eso en mí? Arranca eso de mí!” Él no lo hizo. Sus pensamientos se alimentaban, se alimentaban por sí mismo y lo ali­mentaban: movimiento que se alimenta, movimiento que se nutre.

Los movimientos alimentaban a Caín y cuando mató a su hermano, él mató a su hermano por todo lo que había en él; él había dejado penetrar un pensamiento que vino del exte­rior por Satanás, y como no lo entregó enseguida a Dios, este pensamiento se alimentaba por sí mismo, y éste alimentaba a otros pensamientos.

¿Comprenden por qué Dios nos dice que es necesario dar nuestros pensamientos que no están en Dios? ¿Podemos hacer eso? Esto es imposible, porque hay los pensamientos de Caín que están en nosotros, hay los pensamientos de la descendencia de Caín que están en nosotros, que se han multiplicado y los pensamientos de todos aquellos que han aceptado los pensamientos de la descendencia de Caín, y todo esto es parte de nuestro cuerpo.

En nuestro cuerpo, están todos los pensamientos de todos los hijos de Dios y también los pensamientos de todos los hijos que no son los hijos inscritos en el Libro de la Vida, por tanto, los hijos del no a Dios; porque nosotros los hemos aceptado también, nos hemos codeado con ellos y nos hemos codeado con los hijos que no quieren saber de Dios, que quieren a Satanás.

Estos pensamientos están en nosotros, ¿podemos combatir eso? Solamente Jesús puede combatir eso, el Purificador, es Él que ha llevado todos los pensamientos del mundo, desde el primero hasta el último, y que todos los pensamientos los ha llevado a la muerte; entonces, solamente a Jesús podemos darle esos pensamientos.

Cuando nuestra alma sufre y está en pecado a causa de esos pensamientos, vamos al sacerdote, vamos a la confesión y confesamos esos pecados; recibimos la absolución, todos nuestros pecados son borrados; pero nuestro cuerpo, nuestro cuerpo, los recuerda, nuestro cuerpo está sujeto al pecado, por tanto, él está a la merced de la tentación continua, nuestro cuerpo, y es nuestro cuerpo que acepta el pecado, y nuestra alma, ella, cuando está sin las gracias de Dios, sufre porque cometemos pecados y cometemos faltas que hacen sufrir nuestra alma, y regresamos al sacerdote.

Nosotros, que vamos continuamente a la confesión, que queremos mantenernos, por las gracias del sacramento de la Penitencia, de la Eucaristía, en estado de gracia, conocemos la debilidad de nuestro cuerpo; tenemos necesidad continuamente de la Eucaristía, de Jesús amor, es por eso que es tan importante sostenernos los unos con los otros.

Que uno entregue sus pensamientos impuros y que entregue todos los pensamientos que están en él a Jesús, esto da fuerzas a la Iglesia.

Esto nos ha ayudado a curar, a liberarnos, y más nos dejamos curar y liberar por Jesús, más nuestro cuerpo se vuelve más fuerte ante la tentación, y los que llevamos en nosotros se vuelven cada vez más en las gracias de Dios: ellos aceptan las gracias de Dios. Ellos no comprenden lo que pasa, pero ven, ven un mundo exigente, un mundo perdido, un mundo que sólo piensa en el dinero, en lo material, en el trabajo, y sin embargo no van a la misa, no rezan, y sin embargo tienen pensamientos, tienen pensamientos de amor hacia sí mismos: “Ya no queremos vivir en un mundo de esclavitud.”

¿Cómo es posible que ellos tengan esos pensamientos? Pues bien, es porque le entregamos nuestros pensamientos a Jesús, queremos vivir en Jesús.

¿Cuántos entre nosotros pasamos los días a hablar de Jesús, de María? Bueno, nosotros dejamos nuestros pensamientos entre las manos de Jesús, él nos libera, él nos cura; entonces ellos, comprenden, viven la Iglesia: ellos se dejan alimentar de las gracias de Dios. La Iglesia está viva, la Iglesia está activa, pero Jesús va cada vez más lejos aún en sus enseñanzas. Él quiere que cuando nos demos cuenta que tenemos un pensamiento que no está en Jesús, que se lo entreguemos enseguida, sin esperar, instantáneamente: “Yo te entrego este pensamiento; es una consecuencia de mis decisiones ante la tentación que viene de Satanás; esto ya no me pertenece más, esto te pertenece, y toma todos los que están en mí.”

Y hay muchos, no hay que esperar, no hay que esperar que hayamos terminado nuestro trabajo: “Ah, no puedo esperar, no puedo hacerlo inmediatamente, estoy aserrando un trozo de madera, no puedo distraerme”. No, ¿qué es lo más importante? Detengamos nuestro movimiento y entreguemos nuestro pensamiento a Dios, se hará en un instante.

Si estamos conduciendo nuestro vehículo, y nos percibimos que un pensamiento no está en Jesús: “Ah es cierto, no pensaba en Jesús, estaba en mi mundo”. pues bien, entrégalo a Jesús, él conducirá; esto se hará en una fracción de segundos, pero es muy importante para la Iglesia, muy importante para nuestros hermanos y hermanas.

 

Si estamos cansados, bueno, sentémonos, demos nuestro pensamiento; es necesario hacerlo, y más lo haremos, más nos será fácil; aprenderemos a detenernos, ¡corremos todo el tiempo!

Entonces, Jesús quiere enseñarnos a tener pensamientos de amor para nosotros mismos.

Nosotros pensamos: “Ah, mi esposo está cansado, mi esposo está enfermo, mi esposa no reza lo suficiente, mi esposa está ocupada, ha ido a trabajar, ella tiene que hacer los oficios de la casa y es necesario que yo corte la grama antes que ella venga, ¿qué va a decir ella, el césped está grande”; pensamos en nuestros hijos que se han ido a hacer sus estudios universitarios; pensamos en nuestra vecina que tiene cáncer; pensamos en nuestros amigos que juegan boliche en vez de venir a la noche de oración; pensamos en todos aquellos que se van de vacaciones a las playas y que no pensarán en absoluto en Dios, en todos aquellos que están acostumbrados a ir a la misa y que no irán a la misa porque se han ido de vacaciones y allá en donde van, no hay una iglesia, entonces, dejemos de tener estos pensamientos.

¿Creen ustedes que estos son pensamientos de Dios, en Jesús? Jesús confiaba en él, Jesús confiaba en su misericordia, Jesús confiaba en su amor, Jesús confiaba en su poder.

Entonces, pensemos como Jesús piensa, tengamos el pensa­miento de Jesús y no nuestro pensamiento, entreguemos eso a Jesús: “Jesús, son tuyos estos pensamientos, no son pensamientos que están en ti, sino pensamientos que están en mí ahora que me encuentro inquieto en este mundo; es este mundo que me ha enseñado a estar inquieta, este mundo que me ha enseñado a no tener confianza en ti, es este mundo que me ha enseñado a inquietarme por los otros; cuando me inquieto por los otros, no pienso en ti, no tengo tus pensamientos.”

Comprendan, Satanás es muy sutil, él nos a mostrado cómo pensar en nuestros hijos, a inquietarnos por nuestros hijos, pero con el espíritu de este mundo.

Jesús no nos ha dicho en el Evangelio: “Inquiétense por sus hijos”, eso es falso; el Espíritu Santo no vino a hablar de amor por su poder cuando nos dice:

“Inquiétense ustedes los apóstoles, porque muy pronto deberán salir del cenáculo y deberán afrontar todas esas personas que no hablan el mismo lenguaje que ustedes”. No, el Espíritu Santo les hizo saber que ellos estaban en Jesús y que todo lo que habían aprendido estaba en ellos; él les dio la luz, la luz los invadió y comprendieron, comprendieron que ya no estaban en ellos, sino en Cristo.

Pues bien, es la misma cosa para nosotros, nosotros estamos en Cristo, hemos vivido el Pentecostés.

Por tanto, el Espíritu Santo nos ha dado su luz; si no vivimos el Pentecostés, es porque resistimos al poder del Espíritu Santo; somos nosotros los que resistimos, debemos abandonarnos en el poder de Dios como niños pequeños: “Sí, creemos en ti, creemos que el Gran Pentecostés ha venido al momento en que las lenguas de fuego bajaron sobre los apóstoles, sobre María, y que todos los discípulos que estaban alrededor, y que todas las gentes que estaban rodeándoles, recibieron al Espíritu Santo.·”

Luego, debemos de comprender eso, porque lo que vivimos es el mismo Pentecostés, pero nosotros siempre estamos obligados de recomenzar, de gritar hacia el Espíritu Santo: “Ven Señor Jesús”.

Pues bien, nosotros repetimos, nosotros repetimos, nosotros repetimos.

El Espíritu Santo vino, él está con nosotros; él no descendió en forma de lenguas de fuego para irse hacia Dios Padre o Dios Hijo, él está ante nuestra presencia.

Nosotros estamos bajo la influencia del Espíritu Santo, estamos bajo la inspiración del Espíritu Santo, pero no creemos en él, vivimos en nuestro espíritu enfermo, nuestro espíritu que está influenciado por nuestros pensamientos de este mundo, nuestros pensamientos impuros, nuestros pensamientos que se han dejado envenenar.

Porque tenemos pensamientos de amor, tenemos pensamientos de Dios, porque cuando recibimos a Jesús, recibimos el Cuerpo, recibimos la Sangre de Jesús, tenemos pensamientos de hijos de Dios.

¿Ustedes creen que los pensamientos de Adán y Eva salieron de nosotros mismos? ¿Creen ustedes que los pensamientos de los hijos antes del diluvio salieron de nosotros? Porque había la descendencia de Adán y Eva que era fiel a Dios, tenían elpensamiento de Dios, la mirada de Dios, la escucha de Dios.

Todo eso está en nosotros, eso no salió de nosotros; nosotros estábamos en ellos como ahora ellos están en nosotros y, por el poder de la Eucaristía, nos dejamos continuamente alimentar de estos pensamientos de amor, pero a causa de este mundo, nos dejamos envenenar.

Que una gota caiga en este vaso de agua y que sea envenenada, todo el vaso está envenenado; pero ¿creen que Dios tenga el poder de quitar esa gota de veneno que ha caído en este vaso de agua pura? Sí, Dios tiene ese poder.

Entonces, Dios tiene el poder de quitar en nosotros todos los pensamientos impuros, y cuando nos es quitado un pensamiento impuro, es también retirado de todos aquellos que llevamos en nosotros: eh aquí el poder de Dios.

Y por tanto, todo se ha dicho en el Evangelio, no es nada nuevo, todo está allí; ¿cómo es posible que esto nos parezca como algo hermoso? Esto debiera ser siempre hermoso.

Estos conocimientos estaban en los apóstoles, estos conocimientos estaban en aquellos que escucharon a los apóstoles pero, con el tiempo, nos hemos dejado tomar por la trampa de Satanás; no siempre hemos estado corruptos como lo estamos hoy en día.

Hubo hijos que se conservaron humildes ante Dios: tenían una casa sencilla, se alimentaban sencillamente, consagraban su morada al Corazón de Jesús y al Corazón de María, educaban a sus hijos con pensamientos de Dios.

¡Ah! ellos tenían pensamientos impuros porque conocían la cólera, conocían el cansancio, conocían la envidia, los celos, la mentira, la pereza, la violencia; conocían todo eso y aún más, pero amaban verdaderamente el Corazón de Jesús y el Corazón de María que se cuidaban de no hablar contra Dios, contra María, contra los sacerdotes.

Ahora, aún los que rezan hablan contra el Cristo Sacerdote, porque uno sólo que hable contra un sacerdote, habla contra el Cristo Sacerdote; un hijo de Dios que tiene un pensamiento contra un sacerdote tiene un pensamiento contra Jesús.

Antes se tenía cuidado de esto, porque había respeto, se creía en lo que el sacerdote decía al momento del sermón, porque era el que hablaba del Evangelio; parecía vivir el Evangelio, él se sentía responsable de sus feligreses, amaba lo que hacía.

¡Ah! sentía la debilidad de la carne, pero se cuidaba de tropezar porque quería aparecer ante sus feligreses como un sacerdote que cree en lo que dice, aún si a veces tenía pensamientos de cansancio: “¿Hago siempre lo que debo? ¿Cuando digo mi misa, no como una costumbre? ¿Mis sermones vienen de mí o del Espíritu Santo?

¿Creen que él no tenía esos pensamientos? Pero lo que lo sostenía, eran sus feligreses porque ellos tenían la mirada en él, ellos creían en él.

Cuando había una persona enferma, iba a ver al sacerdote; cuando estaba muy enfermo, iba a ver al médico, y cuando estaba muy, muy, muy grave, al borde de la agonía, no era al médico que iba a ver, primero iba a ver al sacerdote, porque era el sacerdote que administraba los sacramentos y que le daba esa fuerza: se tenía fe en Dios. Pero siempre habían hijos de este mundo, siempre habían personas alrededor de ellos que no creían, siempre habían personas que reían de la religión, siempre habían personas entre ellos que preferían el libertinaje que el misal, que el rosario.

Pero esos hijos se cuidaban bien de ir muy cerca de ellos, ellos se tenían en grupo y el otro se tenía en grupo; estos hijos no habían aprendido que la Iglesia, son todos los hijos que están en ellos, y que una palabra, un pensamiento perjudicaba

Comprendan, hoy Jesús viene a recordarnos que somos la Iglesia; Jesús viene a recordarnos que debemos sostenernos los unos con los otros porque muchas veces hemos juzgado.

Es un pecado de los más grandes que se comete en la tierra, no el más grande, la idolatría, pero uno de los más grandes pecados: el juzgar.

Aún los hijos de Dios juzgaban, juzgaban a su hermano, juzgaban a su hermana; no se debe juzgar, hay que perdonar.

Fue difícil para los apóstoles el perdonarse porque habían dejado al Cristo, habían huído de Cristo, fue muy duro para ellos, el perdonarse.

Entonces, esto permaneció en nosotros porque cuando tenemos la dificultad a perdonarnos, es ahí cuando juzgamos; juzgamos a nuestros hermanos y hermanas porque tenemos la dificultad de perdonarnos.

Entonces, Jesús nos dice: “Sus pensamientos impuros los quiero, porque sus pensamientos impuros van contra ustedes mismos”; un pensamiento impuro, es un pensamiento impuro contra nosotros mismos, por tanto, una falta de amor hacia nosotros mismos.

Cuando vemos que faltamos de amor hacia nosotros mismos, tenemos la dificultad de perdonarnos.

“Yo me siento indigno ante Jesús, he vuelto a caer”, pero Jesús no quiere eso, él quiere que le entreguemos esta falta de amor hacia nosotros mismos; él quiere quitarnos nuestros pensamientos que nos impiden de amarnos; así, ya no juzgaremos a nuestro prójimo.

Es esto lo que el Espíritu Santo quiere hacernos comprender; él quiere que nosotros amemos lo que somos para que podamos amar la Iglesia entera, cada miembro de la Iglesia.

Somos la flor que se deja ver por los otros, somos el olor que se deja sentir por los otros, somos el aire puro que ellos tienen necesidad de respirar, somos los movimientos que les recuerda que somos hijos de Dios.

Somos el amor, sentimiento que da la vida, somos la Iglesia; solamente Jesús puede hacernos vivir estos movimientos de amor: Jesús.

Una ley de amor es una ley que se deja ver, sentir, amar, profundizar, conocer, entonces, debemos ser esta ley.

Déjate amar por tu prójimo para que su alma conozca las gracias de Dios, para que su espíritu se vuelva hacia Dios, para que encuentre su fuerza en la Iglesia para que su cora­zón se abra al llamado de todos sus hermanos y sus hermanas del mundo entero.

Comprendan, la Iglesia, es cada uno de nosotros, es el pensamiento de Dios, el espíritu de Dios, un amor infinito que se da continuamente por cada uno de nosotros.

Bueno, el Señor dice: “Ahora, vamos a comer.”

Gracias Señor. Amén.