Encuentro de amor con el actuar de Dios en Sudbury, Ontario,

por su instrumento, la Hija del Sí a Jesús.

 

 

2007- 06 -16 – Noche

 

♪♪♪ :     Aleluya, Aleluya, Aleluya, Jesús mi alegría,

            Aleluya, Aleluya, Aleluya, Jesús mi Rey.

            Señor Jesús, te doy las gracias,

            Por las maravillas que haces,

            Por los beneficios que me das,

            Gracias Señor Dios de mi corazón.

            Aleluya, Aleluya, Aleluya, Jesús mi alegría,

            Aleluya, Aleluya, Aleluya, Jesús mi Rey.

La Hija del Sí a Jesús en el Espíritu Santo: El sabor de Dios está en nuestro corazón. Amén.

Todos: Amén.

La Hija del Sí a Jesús en el Espíritu Santo: Jesús de amor nos lleva a descubrirnos para que podamos entregarnos en la Iglesia.

Cada vez que nosotros hacemos eso, nos lleva a descubrirnos en la Iglesia con todos nuestros hermanos y hermanas del mundo entero; lo que somos, lo somos en ellos; lo que ellos son, lo son en nosotros: estamos ligados a ellos.

Miren una mano, traten de separar los dedos de la palma de la mano, traten de separar sus uñas de la extremidad de sus dedos, no pueden, es una necesidad; si quieren servirse de su mano, tienen necesidad del conjunto de su mano: nuestros hermanos y nuestras hermanas para nosotros son así, están ligados a nosotros.

Forman parte de nuestra vida, forman parte de nuestra respiración; nuestros ojos tienen necesidad de sus ojos, nuestras orejas tienen necesidad de sus orejas, nuestra boca tiene necesidad de su boca así como nuestros miembros tienen necesidad de sus miembros; sus sentimientos forman parte de nuestros sentimientos.

¡Vamos a comprender esta importancia, esta grandeza, esta eternidad! Somos miembros de la Iglesia, formamos un solo cuerpo.

La vida es la vida eterna, no pueden separar un tiempo con otro tiempo y decir que eso es eterno, eso es falso; un tiempo que entra en otro tiempo, que continúa sin cesar y sin cesar sin que nunca se detenga, es un alimento, es un sabor que no puede pasar; pues bien, nuestros hermanos y hermanas son así.

En el instante en que el Hijo de Dios hecho hombre estuvo ante los ángeles, presentó lo que nosotros somos; el Hijo de Dios hecho hombre tomó cuerpo por el poder del Espíritu Santo en María.

Esto es un movimiento, movimiento de amor en la eternidad; este movimiento formaba parte de la eternidad; nosotros formábamos parte de Jesús, estábamos en Jesús en ese movimiento eterno.

Por amor, Dios Padre engendró su Hijo; su Hijo está en el Padre, el Padre está en el Hijo y este poder hizo al Espíritu Santo: el amor incondicional de Dios por él.

Él se completa, él está en él mismo, no tiene necesidad de los otros sino de él, pero su amor se da sin cesar, y sin cesar su amor es movimiento eterno: él da, él da para recibir.

Así es el amor de nuestro Dios, entonces, nosotros formamos parte del amor de Dios.

En el instante en que su Hijo hecho hombre se presentó ante su Padre, aún antes que María exista, el Hijo del hombre estaba, porque él ES y élserá siempre y para siempre, él es la Presencia.

 

Así es el poder de Dios, así es el amor de Dios.

Mamá María es la obra de Dios, es la creación de Dios, es la perfección del ser humano por Dios.

Adán fue creado por Dios para ser perfecto, pero no lo fue; Eva vino del cuerpo de Adán por el poder de Dios; ella debía ser la mujer perfecta, pero ella no lo fue y Dios vio todo eso.

Cuando María vino a la tierra, cuando María vino a la tierra, ella fue la joya de Dios para nosotros; ella nos fue dada en recompensa para estar ante nosotros, la recompensa de Dios, porque él vio en ella la perfección, él vio que sus obras eran buenas, porque María respondía a todo lo que Dios esperaba del ser humano.

María llevó el Hijo de Dios, María llevó a todos los hijos de Dios en su seno, porque en el instante en que ella recibió el Hijo ella nos recibió, todos estábamos en el cuerpo de María, todos nosotros formábamos un movimiento: el sí de María, el Hágase de María.

Entonces, cuando estamos juntos formamos un sí: “Sí Padre, tu Voluntad; sí Padre, te amamos; sí Padre, queremos vivir sólo para ti; Padre, estamos reunidos por ti, vivimos por ti, respiramos por ti, amamos por ti.”

No podemos separarnos, el sí es unidad; traten de separar el sí, eso es imposible, forma una sílaba, una palabra: sí; eso es un todo que da a Dios lo que él espera de cada uno de nosotros.

Dios ha multiplicado su sí, Dios es el Creador, Dios envió a la superficie de la tierra todo su amor, pues él la creó para estar ante su amor.

Cada movimiento que viene del Creador es del amor, todo lo que hay alrededor de nosotros en la tierra es del amor, él multiplicó todo movimiento, porque Dios es infinito.

Lo que vemos está limitado al hombre, pero lo que Dios ve es ilimitado, eso no se cuenta, es el presente, pero nosotros formamos parte del presente, formamos parte de esta eternidad.

Un parpadeo del ojo hace que todos los hijos de Dios estén alimentados de ese parpadeo del ojo.

¿Cómo puede ser que un parpadeo del ojo pueda alimentar a todos los otros hijos? Porque el parpadeo del ojo viene del movimiento de Dios.

Dios ha hecho al hombre a su imagen, luego cuando el hombre parpadea los ojos, pues bien, todos los otros aprovechan: él es la mirada de los otros.

Dios dio todo lo que hay alrededor de nosotros para que podamos ver, para que podamos ser parpadeo del amor de Dios: es un alimento sin fin, es un movimiento sin parar.

Nosotros no podemos decir: “Yo parpadeo los ojos y tú no tienes nada que ver en eso”, esto es completamente falso.

Nosotros somos responsables de nuestro amor, somos responsables de nuestro sí, es lo que nos pertenece; el sí, el amor, es nuestro, es parte de nosotros, es lo que está en nosotros.

Entonces, cuando aceptamos de ser un sí, aceptamos ser el parpadeo del ojo de nuestro prójimo; no puedo guardarlo para mí, eso es un movimiento egoísta, eso no es amor.

Comprendamos que la eternidad, es un movimiento que aporta el amor; el amor aporta un movimiento, el movimiento aporta el amor; él hace: movimientos de amor sin cesar, sin cesar sin que jamás se detengan, descubrimientos sin cesar sin que jamás se detengan, movimientos de alegría, de felicidad, de ternura, de dulzura sin que jamás se detengan.

Si creemos que hacer un parpadeo del ojo es propio de nosotros mismos, es decir que mi eternidad me pertenece, es mía, no tengo que compartirla, soy eterno: mentira, engaño.

La eternidad es movimiento del Movimiento: movimiento de amor, movimiento de Dios, movimiento que se hace conocer para darse y volver a darse, y volver a darse sin cesar, sin cesar y sin cesar; todos estamos juntos en este movimiento de amor.

Entonces, es importante comprender que un pensamiento nuestro alimenta a todos nuestros hermanos y hermanas del mundo entero desde Adán, que fue creado de primero hasta el último que será creado: movimiento de amor que se da, se da de generación en generación, que alimenta de generación en generación, que aporta de generación en generación el amor sin que nunca se interrumpa, porque nunca se interrumpirá, porque el primer movimiento que Adán hizo se volvió eterno, nunca se detendrá.

Cuando Adán abrió sus ojos para ver la belleza de Dios, vio a Dios, admiró a Dios, él se contempló en Dios porque Dios se le mostró, él adoró su Dios.

No se puede detener este movimiento, porque Dios tomó ese movimiento y lo tomó por él, porque venía de Él; él salió, su soplo de vida, para ir a Adán y cuando Adán lo vio, este movimiento se volvió a dar ¿a quién? Al Creador, entonces, este movimiento pertenece al Creador.

Entonces, él lo tomó, y él lo volvió a dar, a Adán, y Adán se alimentó, y Adán volvió otra vez a ver a su Dios, se volvió tan amoroso de su Dios que su movimiento lo alimentaba de alegría, de felicidad, él estaba en gran admiración: es el movimiento de la eternidad, nunca se detiene.

¿Pueden comprender ahora todos los movimientos que Adán hizo ante su Dios, por amor? Todo esto será eterno y todo esto está en nosotros, porque en el instante en que Adán abrió los ojos para ver a su Dios, nosotros lo sentimos en el interior del cuerpo; nosotros formábamos parte de Adán, porque estábamos en Dios y Adán estaba en Dios, y todo eso es para nosotros.

No podemos separarnos de lo que es Dios; somos criaturas de Dios, somos el amor de Dios, formamos parte de Dios, entonces, cada pensamiento de nosotros mismos alimenta a nuestros hermanos y hermanas, cada mirada alimenta a nuestros hermanos y hermanas, todo lo que aceptamos de oír alimenta a nuestros hermanos y hermanas, nuestras acciones aportan un alimento y nuestros sentimientos también; estos son movimientos, formamos parte de un todo.

¿Comprenden cómo es importante de mantenerse en Jesús para alimentarnos? Si te alimentas de amor, el otro va a recibir amor y porque él recibe amor, tú vas a recibir amor a cambio; porque si tú das a tu hermano una mirada de amor y él toma esa mirada de amor, y él toma esa mirada de amor de él y ve a otro, y el otro recibe una mirada de amor, ¿quién aprovecha? Cada uno de nosotros.

El primero que ha dado su mirada no ha dado su mirada que le pertenece a él, su mirada era nuestra mirada, porque esa mirada viene de Dios, él está alimentado del amor de Dios y nosotros estamos en Dios, luego hay movimiento de amor en nosotros que ha contribuido a alimentar esa mirada.

Entonces, esa mirada nos aporta amor, y cuando él ve a otro, el otro es el mismo movimiento en nosotros: nosotros damos amor, nosotros no cesamos de recibir amor y nosotros volvemos a dar amor.

 

He ahí la Iglesia, he ahí lo que Dios quiere hacernos comprender; él quiere que nosotros vivamos en Jesús, morir en Jesús, saborear su esplendor, su amor, su alegría, su infinita presencia.

Y nosotros, nosotros somos hechos a su imagen, estamos en Jesús, estamos en todos nuestros hermanos y hermanas del mundo entero; entonces, cuando noso­tros damos el bien, los otros lo reciben y porque los otros lo reciben, nosotros lo recibimos.

Es como si lleno un vaso de agua y que ese vaso de agua, una vez vacío lo deposito, él se llena enseguida; el vaso que se ha llenado a contribuido a llenar al otro vaso de agua sin cesar y sin cesar; la eternidad, no se detiene jamás.

Jesús viene a hablarnos en los corazones para decirnos: “Cesen de tener un corazón de piedra, tengan un corazón de carne; yo soy su único Dios, ustedes no tienen otro más que yo; ustedes no son Dios, yo soy Dios, no se tomen por dioses.

Tomarse por dioses, es entregarse a Satanás; ustedes me pertenecen, ustedes no pertenecen sino que a Dios; ustedes no se pertenecen, ustedes son míos; mi Padre me dio el todo de ustedes, y yo lo lleno de mi Todo; todo lo que es mío, es de ustedes.

Vacíate de tus ‘yo’, te llenaré sin cesar y sin cesar; la eternidad eres tú, mi alegría eres tú, mi felicidad eres tú, mi poder eres tú.

Yo tengo todo el poder: poder de curar, de liberar; ¿no quieres eso, no quieres curarte? Guía tus heridas; ¿no quieres librarte de tus cadenas? Déjame colmarte, déjame hacer de ti un ser mío; yo soy tú, ¿no lo ves, no lo crees?”

Debemos estar convencidos de lo que escuchamos, así podremos tener la fuerza de ya no estar en nuestros pensamientos, nuestros pensamientos que nos hacen sufrir; nuestros pensamientos que nos llenan de inquietudes, de las dudas, de desesperación, tristezas, miedos, de violencias, de odios, de destrucciones de sí mismos, porque cuando se llega al odio nos destruimos: nos matamos.

 

Jesús quiere tomar el más mínimo pensamiento y hacerlo suyo, porque este pensamiento va a alimentar a los otros pensamientos, y cuando este pensamiento estará en los pensamientos de los otros, otro pensamiento va a surgir y este pensamiento vendrá en nosotros, porque habremos aprendido a no tomar los malos pensamientos, sino a tomar todo lo que es de Dios y alimentarnos de los pensamientos de Dios, y un pensamiento se multiplicará sin cesar y sin cesar.

Que una persona piense que está en Dios y que da a su hermano este pensamiento, este pensamiento regresa a ti, tú no tendrás uno tú tendrás dos pensamientos, y porque estos dos pensamientos están en ti, te vas a volver hacia tu hermana; tu hermana, ella, tendrá necesidad de tus dos pensamientos, ella tomará esto y los dará de nuevo y al instante tú no tendrás solamente dos, tú tendrás cuatro.

Ahora, podemos pensar a mil millones de hijos que habrán recibido nuestro pensamiento y que nos lo han vuelto a dar, porque cuando se da el amor se recibe el amor.

Jesús, cuando murió en la Cruz, dio su Vida por los que amaba, no guardó nada para él mismo, él dio todo para recibir todo.

Él recibió tanto de Dios que fue glorificado, él fue glorificado por el Padre, porque todo lo que había dado se transformó en luz, amor, tanto amor que hizo explotar toda luz y ésto lo glorificó.

Y nosotros, nosotros tenemos la luz de Dios, tenemos en nosotros este amor.

Dios nos prepara a vivir nuestra glorificación, porque la viviremos; estaremos frente a la Gloria del Hijo y participaremos a su Gloria: su Gloria será nuestra gloria, ¡así será!

Si comprendemos esto, debemos comprender nuestros pensamientos para los otros; si decimos: “Pero es normal, es normal, voy a estar ante Jesús y porque voy a estar ante Jesús, conoceré su Gloria y su Gloria se reflejará en mí y conoceré mi gloria!”

“¡Ah hijito de amor, cómo es de fácil para ti comprender esto!, pero cuando te detienes un instante y reflexionas tú mismo, te pierdes en tus propios pensamientos, porque tus pensamientos no son capaces de comprender el esplendor de mi Gloria. Tú no puedes más que quererla, pero no puedes comprenderla porque en ti, hay movimientos que están muertos, en ti hay movimientos que te han llevado a la oscuridad, ¿cómo quieres comprender la Luz si tú mismo no eres luz?”

He aquí por qué Dios nos llama a comprender su Iglesia, a comprender quienes somos nosotros.

Debemos entregarnos los unos por los otros, debemos de llevar amor los unos por los otros.

“Entrégame un pensamiento tuyo y te daré todos mis pensamientos de amor”: Dios tiene ese poder.

En nuestro interior, tenemos nuestro sí a Dios, es lo que nos pertenece; debemos de dar a Dios todos los pensamientos que no son amor, y Dios los va a tomar todos; él va a enseñarnos a ya no tener malos pensamientos contra mi hermano, contra mi hermana, porque quiere que nos alimentemos de sus propios pensamientos: él es el Amor.

Cuando amamos a nuestros enemigos, recibimos de Jesús su amor, recibimos al que se dio en la Cruz por amor por nuestro enemigo; él ha sido el enemigo de Jesús antes de ser nuestro enemigo, porque Jesús conoció su pecado hacia nosotros antes que nosotros lo conozcamos: ya todo ha sido perdonado, todo ha estado en el pensamiento de Dios por él.

Entonces, debemos ir hacia Jesús en el momento que sufrimos; en el momento en que tenemos un pensamiento que no es amor debemos de correr hacia Jesús: “Jesús, no permitas que esté en ese pensamiento, porque mis hermanos van a sufrir, mis hermanas van a sufrir, y yo voy a sufrir; no permitas eso, no permitas nunca que mi cuerpo conozca ese sufri­miento.

Tú me hablas de pureza, tú me hablas de purificación, tú me hablas de gloria, yo quiero vivir eso, pero soy incapaz por mí mismo, tú, tú lo puedes, te entrego mi sí.”

Es esto lo que nos pertenece, es esto lo que Dios quiere que comprendamos.

Debemos parar de estar contra nosotros mismos: debemos parar de tener un pensamiento contra nuestro hermano, contra nuestra hermana; aunque sea un pensamiento muy pequeño, él está contra nosotros, forman parte de nosotros mismos, de nuestra vida.

Vean el aire que está frente a nosotros, ¿son capaces de tocar a esta invisibilidad? Y por tanto, está presente en nuestra vida, vivimos en esa invisibilidad, formamos parte.

Jesús está aquí, Jesús está allí, Jesús nos da ese aire que respiramos, le pertenece, es visible para Dios, no para nosotros, pero para Dios; nosotros tenemos necesidad, tenemos necesidad como tenemos necesudad de nuestros hermanos y hermanas.

Pongan su mano en su boca y en su nariz, traten de permanecer así, no podrán por mucho tiempo, porque les va a faltar el aire y van a estar mareados; ustedes van a buscar el aire, van a ensayar de llenar sus pulmones para buscar algo que está en el exterior para hacerlo entrar en su interior para retomar la respiración.

Pues bien, nuestros hermanos son así; traten de separarse de su hermana y de su hermano, van a ver que van a morir, van a conocer una asfixia, van a faltar de amor, porque ellos están hechos de amor, ustedes tienen necesidad de ellos.

Es como si ellos estaban cerca de ustedes como invisibles: ustedes no los veían, no los tocaban y sin embargo están presentes, ellos son amor.

Tenemos necesidad de amor para vivir, tenemos necesidad de ellos, no podemos vivir sin ellos; vivir sin nuestros hermanos y sin nuestras hermanas, es vivir sin amor; vivir sin amor, es vivir sin la creación de Dios; vivir sin la creación de Dios, es vivir en la nada; vivir en la nada, no es vivir, es ser nada; si no somos nada, no existimos; pero desengañémonos, nosotros existimos: vemos, oímos; vemos lo que podemos mirar, oímos lo que podemos escuchar.

Pero Dios, por el poder del Espíritu Santo, nos hace ver, nos hace comprender lo que no vemos, lo que no escuchamos: el Amor, un amor incondicional que nos alimenta.

Si decimos: “Tengo necesidad de tu Cuerpo, tengo necesidad de tu Sangre, tengo necesidad de tu Vida, Jesús, para vivir”, pues bien, digan también esas palabras: “Tengo necesidad de mi hermana, tengo necesidad de mi hermano, tengo necesidad de ellos, de todos aquellos que están desde Adán y Eva, porque ellos son amor para mí: tengo necesidad de amor, sin amor yo me muero, porque estoy en Jesús.

Tú eres mi hermano, tú eres Jesús, porque lo que veo, es la presencia misma de Cristo que se dio por amor por ti.

¿Puedo privarme de este amor, de esta misericordia que me ha dado la vida? Yo estaba muerto a la vida, no vivía estaba en mi pecado y tú viniste, tú me has dado tu Vida, tú extendiste tu misericordia en mí, hiciste correr tu Sangre en mí, y yo probé esa Sangre en mi hermano, en mi hermana.

En cada instante de mi vida, esa Sangre estaba en mí; yo tengo necesidad de ella, no me la quites, si tú me quitas a mi hermano, si tú me quitas a mi hermana, ¿qué voy a hacer? Voy a conocer una muerte eterna.

Tengo necesidad de este amor, así como tengo necesidad de ti, Jesús.

Enséñame a amar mis hermanos y hermanas, enséñame a amar mis enemigos, porque tú amaste a mi enemigo; yo quiero ser amado, quiero amarlo.

¿Cómo quieres tú que yo me ame si no amo al que es mi hermano y que me ha hecho mal? Pero no es él, Señor, que ha hecho el mal es Satanás, él, él es yo, ¿no escuchas mi oración? ¿Tengo el derecho de rezar por mí, por los que amo? ¡Es como amputarme! No puedo vivir sin verte.

¿Te voy a quitar un ojo, una mano, o Jesús de amor? Tengo necesidad de ti, tengo necesidad de tu Todo, porque tu Todo, es la eternidad; corta una parte de ti y yo corto mi eternidad, entonces, corto mi vida si corto el amor de mis hermanos y de mis hermanas.

¿Cuándo vamos a comprender esto? ¿Cuándo vamos a parar de mutilarnos? Nos mutilamos sin cesar; decimos que estamos coléricos contra nuestros hijos porque no van a la misa, porque han dejado a su esposa, porque han violado a su hijo(a), porque han matado a su hermano; ellos van a la guerra y tienen el placer de matar.

Yo tengo necesidad de ellos, tengo necesidad de su amor, me muero sin ese amor, ayúdame.

¿Cuándo vamos a comprender que nos matamos? Es necesario aprender a rezar con el corazón de María, es necesario amar a nuestros hermanos y a nuestras hermanas sin condición, es necesario gritar hacia el Cielo: “Ayúdanos a comprender; acá en donde estamos, sufrimos; vivimos en este valle de lágrimas, nos vamos a quedar acá hasta que tú nos hayas enseñado a amarnos.

Yo quiero amarme y amarme, amar a los que están en mí, no puedo separarme de ellos.

Es cierto yo sufro, yo sufro, es mi cuerpo que sufre, sufro porque me han abandonado, porque mis hijos ya no vienen a visitarme, sufro porque tengo un hijo que ha conocido la violencia, sufro porque mi hijo está en la cárcel, sufro porque mi madre tiene cáncer y ya está agonizando, mi hijo se muere, mi cuerpo sufre, pero cuánto sufre mi alma, ella sufre aún más y la siento muy poco en mí.

Yo siento a mi cuerpo sufrir, tengo mis miembros que me duelen, mis pensamientos; no quiero vivir más en eso.

Pero cuánto sufre nuestra alma, ella grita, ella llora, ellaagoniza; sufrimos en nuestra alma.

El sufrimiento más grande: nuestra alma tiene necesidad de Jesús, nuestra alma tiene necesidad de todas las almas; traten de separar un alma de las otras almas, es separar el amor de Dios.

Dios ha dado almas a todo cuerpo para que el cuerpo esté en las acciones de amor, en los pensamientos de amor, en una mirada de amor, en las escuchas de amor, sentimientos de amor, pero si el alma ella misma agoniza, no podrá ser lo que ella debe ser ante su Esposo, su Amoroso, ella tiene necesidad de las otras, ella tiene necesidad de su Todo, de su Esposo, de su Jesús.

Jesús es el Amor, Jesús es el que se puso en la Cruz por amor por mi alma, por su alma, él se puso en la Cruz para que nosotros estemos con él eternamente, no solamente uno o dos, sino todos los hijos de su Padre.

Él no podía ir a la Cruz por un alma, por un ser en su cuerpo, eso era imposible, porque él era el Hijo de Dios, él conocía el amor de su Padre.

Cuando él se presentó en su cuerpo, Hombre de Dios, nos llevaba a todos en su cuerpo, nosotros estábamos todos en él, él nos amaba, él nos amaba con un amor tan grande, tan perfecto; su amor era incondicional y él se presentó completamente, él dijo: “Sí Padre, sí todo por ti, por tu Gloria”; él no quería separarse de lo que él era, él quería estar completamente, Jesús, por amor a nosotros.

Entonces, nosotros mismos debemos ser así, debemos mirar a nuestro Jesús de amor, él es nuestro Modelo de amor, nuestro sí, él es nuestro todo; cada vez que estamos contra nosotros, hacemos sufrir este Ser perfecto de amor; ¿acaso es porque es Jesús que no sufre? Esto es falso.

Si nosotros lloramos, si nosotros gritamos, ¿vienen estos gritos de nosotros mismos, vienen de nuestra alma, vienen del soplo del Amor? Su Padre quiere a su Hijo y su Hijo quiere a su Padre; él no quiere que su Hijo sea ese hombre mutilado, él lo quiere entero, él lo quiere, él quiere a su Iglesia.

Nosotros debemos ser así, debemos ser la Iglesia, debemos de amar incondicionalmente a los que nos hacen sufrir; debemos de ser verdaderos, debemos de aceptar todo: hacerse ridiculizar, hacerse abofetear; qué importa si somos los únicos en el mundo a comprender el amor de Dios; si es por amor a Dios, para salvar a todos nuestros hermanos y a nuestras hermanas, esto vale la pena.

Pero nosotros no estamos solos, estamos reunidos, juntos hacemos este recorrido por amor a Dios; nosotros somos la Iglesia, nosotros somos verdaderos, debemos de sostenernos; debemos mirar nuestra alma como el tesoro de Dios para nosotros.

Lloramos por nuestro cuerpo, queremos nuestra inmortalidad, estamos tan cansados de escuchar esa palabra; queremos la felicidad, queremos ir al Cielo con todos esos años que llevamos atrás; año tras año arrastramos nuestros pensamientos, nuestros juicios; llevamos nuestros pecados que han herido este cuerpo que se apega tanto a esta tierra, que no quiere dejar esta tierra, esta tierra que dañamos, esta tierra que contaminamos, que pisoteamos, que no la respetamos; ella tiene un hedor nauseabundo, ¿es el hedor del pecado, nuestro pecado?

Vemos a nuestros hermanos y a nuestras hermanas en sus pecados, pero es a nosotros que nos vemos; nosotros no estamos fuera de ellos, estamos todos juntos.

La Madre de Dios nos mira y ella nos ama con un Corazón de Madre; ella ve quiénes somos y nos suplica, ella nos suplica que amemos a su Hijo, ella nos suplica que nos amemos los unos con los otros.

El amor no tiene muchos lenguajes, es el amor: es amar a su hermano, es amar a su hermana, es amar lo que somos; el pecador es el que ha desobedecido, el violador es el que ha aceptado el pecado.

Mamá María no nos ha pedido de amar el pecado, ella no nos ha pedido de amar al violador, sino de amar al hijo de Dios tal como es, es eso lo que nos pide.

Ella nos suplica, Mamá María, de permanecer al lado de ella; ella nos va a ayudar, ella sabe hasta dónde hemos llegado; hemos llegado tan bajo en nuestros pensamientos, en nuestra manera de actuar.

Aún los más grandes de este mundo que los llamamos santos – somos nosotros que decimos esto –, tienen la dificultad de comprender el amor de Dios.

El amor de Dios es Dios Padre por el Hijo, es el amor del Hijo por el Padre, es el amor que existe en el todo del Espíritu Santo, eso es el amor: un amor que ama, un amor que se da desde hace años, años tras años , tras años.

Nosotros miramos lo que somos, que hemos llegado a treinta, cuarenta, cincuenta, ochenta; esto no es el parpadeo de una pestaña, y nos quejamos de sufrir.

La eternidad de Dios es movimiento para nosotros; debemos amar sin condición, debemos aprender a darnos amor a no separarnos; debemos sostenernos los unos con los otros para curarnos de nuestras heridas, para librarnos de nuestras cadenas.

Es Satanás que ha querido ponernos el uno contra el otro, es Satanás que quiere destruir la familia de Dios: nosotros somos la familia de Dios, somos la Iglesia de Dios.

Debemos de aprender de nuevo a respirar el aire de Dios con nuestros hermanos y nuestras hermanas del mundo entero para aportar un soplo de amor.

Tenemos necesidad de este soplo, tenemos necesidad de andar en la calle y mirar a nuestros hermanos y nuestras hermanas, y amarlos; tenemos necesidad, cuando vamos al centro comercial a hacer nuestras compras, mirar a nuestros hermanos y nuestras hermanas, y amarlos, de tomarlos tal como ellos son, aún si no sonríen, aún si son bruscos; debemos de aprender a amarlos, a rezar por ellos para que ellos recen por nosotros, para que ellos nos amen; lo que les vamos a dar nosotros lo vamos a recibir.

Tenemos necesidad de aceptar el sufrimiento del mundo, no para tomarlo nosotros, sino para entregárselo a Jesús con amor, con la paz en nuestro cuerpo: comencemos a amarnos.

Vemos a los seres sufrir, seres que se dañan con la droga, con el alcoholismo, con los juegos, y nos ponemos tristes, pero ¿qué van a recibir de nosotros? ¿la tristeza? No tienen necesidad de eso, ellos tienen necesidad de amor, tienen necesidad de pensamientos de amor: “Jesús, tú los amas, yolos amo, ocúpate de ellos; todo lo que veo Jesús, eres tú”.

No entremos en el juego de Satanás, es Satanás que quiere que nos inquietemos por ellos, porque cuando nos inquietamos por ellos, abrimos una puerta; la inquietud es sinónimo: “yo no tengo confianza en ti Dios, tú no has ocupado de ellos.”

Comprenden lo que hacemos cuando nos inquietamos; fallamos al amor para con nuestro Dios, no tenemos confianza en su omnipotencia.

Es Satanás que quiere eso, es Satanás que quiere que nos inquietemos; es necesario ser todo amor y entregar todo a Dios.

La oración es poderosa, pero si rezamos con la duda, es como si ponemos agua en un recipiente, que primero nos hemos arreglado para que tenga hoyos y entonces lo vaciamos, lo vaciamos, lo vaciamos y se sale y es como: “yo sabía, de nada sirve rezar!” Pues bien, la duda es eso.

Dudamos que vamos a ser oídos, entonces nuestra oración entra en ese recipiente, pero todo el tiempo él vacía por abajo, todo el tiempo, perdemos las gracias.

¿Las gracias van a dónde? Ellas no van hacia nuestros hermanos y a nuestras hermanas, ellas no van hacia nosotros mismos, ellas se pierden a causa de nuestra duda en nuestra oración.

Cuando rezamos, tenemos que tener confianza: “Gracias Jesús, yo sé que me has escuchado, gracias María por haber intercedido porque eso se realice. Todo se ha realizado en Jesús, yo no espero que mi voluntad se haga, ya no tengo voluntad, es tu Voluntad; lo que sucederá será tu Voluntad; si es necesario que ellos pasen, hacia la derecha para que un día vayan hacia la izquierda, gracias Señor, eso se realiza como tú lo quieres”. He aquí la oración.

Te pido una curación: “Gracias, yo sé que he sido curado y sentiré esta curación al momento en que ella será terminada, porque al instante en que pedimos una curación, ella comienza” Hay curación, pero comienza por donde debe de ir para ir a juntarse con lo que debe ser curado.

Si pedimos una curación por los ojos, cuando es una consecuencia debida a nuestra decisión ante la tentación de la glotonería, entonces él va a dar las gracias para curar la glotonería; cuando la glotonería será curada, aportará las gracias para la moderación, porque no hemos tenido moderación; cuando eso haya sido curado, tendremos las gracias para el amor del prójimo, porque a causa de todo eso no hemos tenido amor hacia nuestro prójimo, y eso nos a llevado a la cólera: esta cólera, es necesario que sea curada; cuando esta cólera sea curada, ella curará nuestra falta de confianza, porque, a causa de nuestra cólera, no hemos tenido confianza en Dios que quería concedernos las gracias, las gracias de humildad; estas gracias de humildad que nos eran necesarias, porque estábamos en el orgullo.

Comprendan todo esto es un progreso; solamente Dios conoce lo que debe ser curado para llevarnos a la curación total.

Dios no descuidará nada, porque un día estaremos ante una persona quien nos impacientará, y si hemos sido curados de la cólera no responderemos a sus ataques y ella recibirá, ella recibirá nuestro amor, verá una mirada llena de paz y recibirá, y nosotros recibiremos, y ustedes recibirán: la Iglesia recibirá.

Se dan cuenta, Dios no descuida nada; él sabe lo que es bueno para nosotros.

Estemos seguros que cuando pedimos una curación, todo se realiza: es la Iglesia.

Jesús no está sordo; cuando él nos oye que le pedimos una curación, él la hace saber a su Padre, y su Padre escucha al Hijo y nosotros la obtenemos: todo es gracia para nosotros.

¿Cómo puede ser que la Iglesia esté tan mal, cómo puede ser que la Iglesia no tenga fe? Porque todos hemos contribuido a eso, absolutamente todos.

Es necesario que revivamos, es necesario que pongamos entre las manos de Dios nuestros sufrimientos, nuestras faltas; nosotros somos verdaderos, somos amor, hemos sido creados de carne de amor, no somos creados de carne impura.

Si nuestro cuerpo está sujeto al pecado, es porque hemos tomado lo que estaba en el exterior y lo hemos dejado penetrar en nuestro interior, porque en el inicio, nuestro cuerpo fue perfecto, porque Dios, cuando creó a Adán, lo creó con la tierra y su tierra era perfecta.

Porque es Dios el Creador, y no hay imperfección alguna en Dios, y Dios creó la tierra con su amor; él es el Todo y contiene todo, Dios.

Todo lo que es visible e invisible está en Dios, nada está fuera de Dios; entonces, nuestro cuerpo desde el principio era perfecto; ahora él es imperfecta y sólo Dios lo volverá perfecto.

Debemos dar nuestros sí sin cesar y sin cesar, para realizarnos como hermanos y como hermanas, para vivir la Iglesia, amar la Iglesia, amar lo que somos: nosotros somos todos, somos un todo.

Comprendan, sufrimos las separaciones, sufrimos porque no nos quieren, pero nosotros queremos, se quiere la carne de la carne; la carne de la carne está en nosotros, ella es parte de nuestro cuerpo; nuestro cuerpo conoce todos los cuerpos, porque él se volvió cuerpo: Adán.

Dios tomó una parte de Adán e hizo a Eva; Eva llevó en su seno la creación de Dios; las creaciones de Dios llevaron las creaciones de Dios, y siempre es el mismo cuerpo.

Cuando Eva llevó en su seno, ella llevó lo que había recibido: el cuerpo de Adán, y es el cuerpo de Adán que nosotros tenemos, no es otro cuerpo; no hay sino que un cuerpo y es el cuerpo de Adán, él está en nosotros.

Entonces, se dan cuenta, Dios nos hace comprender la importancia de no estar contra nuestro cuerpo, la importancia de no permitir que nuestro pensamiento, que es parte de nuestro cuerpo, se mutile; no podemos separarnos de un pensamiento.

 

Tengamos buenos pensamientos, y recibiremos buenos pensamientos: “Lo que sembrarás lo cosecharás; siembra pensamientos de amor, cosecharás pensamientos de amor; siembra pensamientos de perdón, cosecharás el perdón y esto te curará.”

Nosotros formamos una Iglesia, no hay dos Iglesias, hay una Iglesia, es Jesús; somos amor o no lo somos.

Entonces, cuando vayamos a andar, vamos a ver andar nuestra hermana; cuando vayamos a escuchar hablar, vamos a escucharnos hablar.

¿Cómo concebir esto? Estamos tan apegados a nuestro cuerpo, a nuestros rasgos, a nuestro cabello, a nuestra forma de ver; nos hemos enamorado de lo que somos, estamos enamorados de nosotros mismos, hemos hecho el mismo movimiento de Satanás.

Cuando Satanás no quiso adorar al Hijo de Dios, él se vio, se admiró, se contempló, y se volvió orgulloso.

Entonces, no seamos orgullosos, no nos atemos a nuestra mirada, no escuchemos más que nuestras palabras; las palabras de mi hermano, de mi hermana, esas son mis palabras, sus acciones son mis acciones.

Si lo que veo de mí no me gusta porque desagrada a Dios, pues bien, demos a Dios lo que es de Dios: “Toma eso Jesús, te pertenece; yo no lo quiero, tú lo has llevado a la muerte; no quiero guardar eso en mi cuerpo, es tuyo.”

Comprendan, Dios nos instruye por el poder del Espíritu Santo; lo que acabamos de oír viene del Cielo; es el Cielo que habla en cada uno de nosotros para hacernos comprender el amor, es lo que somos.

El Amor nos habla, el Amor quiere que seamos verdaderos ante el ser que se ve ante el espejo; si nosotros nos vemos ante el espejo, debemos de ver la verdad y quedarnos en paz ante la verdad.

Cuando nos vemos y nos encontramos con los defectos, pues bien, vemos lo que hemos hecho con nuestros hermanos y hermanas.

Hemos entregado a Dios nuestras faltas de amor y somos incapaces de vernos sin sufrir; estamos llenos de defectos: una nariz larga, ventanas de nariz muy grandes, una boca muy puntiaguda, espaldas caídas, piernas curvadas, una espalda muy cuadrada, glúteos pachos, pies muy planos, cortos; ¿quieren más? Hay de todas clases.

Cada ser en la tierra, desde el pecado, no ha estado satisfecho de lo que era porque perdió la belleza de Dios; perdió la mirada de Dios, la escucha de Dios, las palabras de Dios, los movimientos de Dios, los sentimientos de Dios, y Dios quiere darnos otra vez todo esto con lo que somos; él no nos cambiará, pero nos va a mejorar, él va a transformarnos en seres de amor; lo que nos ha vuelto imperfectos, él lo quiere para él.

Entonces, Seamos todo amor para Dios, amémonos los unos con los otros, demos a Mamá María actos de amor conduciéndonos como ella, ella lo quiere: “Mis hijitos”

 

Ella quiere que seamos sus hijitos, es todo lo que espera de nosotros: sus hijitos.

Ella, ella nos ve con su Corazón, ella conoce quiénes somos; a través de nuestro cuerpo que sufre, ella ve nuestro corazón, nuestro corazón que tiene hambre de amor, nuestro corazón que tiene sed de su Hijo; ella sabe que el hijito que somos quiere amor, quiere ser amado, ella se ocupa de nosotros, Mamá María.

Si, esta noche, hemos escuchado estas palabras, es porque ella preparó nuestro corazón para escuchar la voz del Señor para que podamos curarnos de algunas heridas.

Cuando decimos ‘nosotros’, es el cuerpo, el cuerpo de Adán: nuestro cuerpo; ahora ya no podemos pensar que tenemos un cuerpo para mirarlo, tenemos un cuerpo, y es el que Dios nos ha dado desde Adán.

Entonces, con amor, con ternura, vamos a ofrecer a Mamá de amor los momentos de amor; vamos cantarle a María, pero con nuestro corazón; vamos a participar a estos cantos que van a subir hacia el Cielo, y estos cantos ofrezcámoslos con lo que somos: un cuerpo que aprende, que aprende a amar sin condición, un cuerpo que quiere ser todo para Dios, absolutamente todo para Dios.

Nuestro cuerpo comienza a aprender a decir sí.

Sí, ante, nuestra alma, ella, ella nos daba las gracias, ahora Dios nos enseña que nuestro cuerpo está hablando, le damos más lugar; él mismo comienza a pronunciar los sí a Dios, porque cuando cantamos, sentimos vibrar en nuestro cuerpo las gracias que Dios nos da para que podamos alabar, cantar para Dios; es esto lo que debemos ser ante Dios.

 

Entonces, si así lo quieren ustedes, vamos a tomar este tiempo, y ofrezcamos a María cantos de amor, hagamos cantar a nuestra alma para Dios, hagamos cantar a nuestra alma para María.

 

Bendita seas, María por Jesús tu Hijo.

Bendita sea, María, nosotros somos tus hijos.
 

1. Gracias por darnos tu confianza permaneciendo en nuestra historia,

Gracias por mostrarnos su presencia, contigo en nuestras desesperaciones,

Contigo cada día, ¡Magnificat! (refrán)

 

2. Gracias por escucharnos, ofreciéndonos siempre tu mano,

Para que siempre solo su ruta, contigo seas nuestro camino,

Contigo cada día, ¡Magnificat! (refrán)

 

3. Gracias por estar llena de gracias y venirnos a colmar nuestras vidas,

Porque así cada día que pasa, contigo hagamos un paso hacia Él.

Contigo cada día, ¡Magnificat! (refrán)

Bendita seas, María por Jesús tu Hijo.

Bendita seas, María, nosotros somos tus hijos.